Green New Deal: reconstruir el país apuntando al verde

La COVID19 ha hecho estallar las costuras del neoliberalismo.  El terremoto financiero del 2008, y las ruinas sociales que dejó a su paso,  fue una señal de agotamiento del modelo. Cuando un país apuesta todo a desmantelar lo público, que es lo que lo convierte en sociedad, y se imponen dogmas fanáticos sobre la libertad de mercado y los bajos impuestos, que además solo deben cumplir los más débiles, la sociedad se rompe.  La fractura la desigualdad. También la vulnerabilidad económica, la precariedad vital, y la mediocridad científica.

Pero ninguna realidad social, por muy dura y desgarradora que sea, tiene una sola traducción. Lo que pasa depende siempre quién gana la batalla política. La historia es conocida, porque la sufrimos en nuestras propias carnes: el neoliberalismo demostró tener una vida extra. Lo que se impuso fue la austeridad. Y con ella, las oligarquías privilegiadas volvieron a acaparar las instituciones de todos en servicio propio. Rescatar Bankia para recortar en sanidad pública fue el símbolo de una gran derrota popular.

A esta tendencia general, España añade algunas particularidades. La arquitectura económica de nuestro modelo productivo es todavía la del Plan de Estabilización franquista de 1959. Cuando España prospera, lo hace a costa de salarios bajos, pymes y sector público débiles,  oligopolios empresariales cada vez más fuertes y más infiltrados en el poder político, y actividades de servicios que innovan poco y especulan mucho, como la construcción o el turismo. Por eso, cada una de esas crisis que el neoliberalismo genera con cada vez más frecuencia, en España se viven como un drama social de inmensas proporciones.

La dimensión sanitaria de la crisis del COVID ha demostrado que maltratar la sanidad pública tiene consecuencias nefastas. También nos lo demuestra la dimensión económica de esta crisis: pagar hasta siete puntos menos de impuestos que la media europea para ser competitivos sirviendo sangría a turistas y dando pelotazos urbanísticos es la receta perfecta para convertirnos en un país en vías de subdesarrollo. Y si esta fórmula pudo malfuncionar en el siglo XX, no lo hará en el siglo XXI. El coronavirus es solo un anticipo de toda una serie de nuevos problemas que exigen nuevos enfoques, como la emergencia climática, que nos va a obligar a cambiarlo todo. Y siempre es bueno recordar que España es el país europeo más vulnerable al cambio climático.

Por eso cuando estos días se habla de reconstrucción nacional, no se trata de otra de esas metáforas rimbombantes que abundan cada vez más en la comunicación política. Literalmente, tendremos que enfrentar los próximos años como quién sale de una guerra. Y no hay margen para fallar. Las decisiones que tomemos sobre cómo invertir las ayudas que van a llegar de Europa marcarán la vida de varias generaciones. Y también nuestra viabilidad como país en medio de esa gran convulsión que impondrá la crisis ecológica. Ser un Estado fallido en medio del desastre climático, o una sociedad cohesionada, innovadora y justa que logra adaptarse y contribuir a paliarlo: eso es lo que está en juego.

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Y esta vez, tenemos buenas cartas. La conciencia climática global ya está aquí. Tenemos tecnologías maduras para transitar hacia sociedades descarbonizadas, aunque no bastarán por sí solas y serán necesarios importantes también cambios en los modos de vida, favoreciendo un día a día más lento, más próximo, más comunitario. E incluso el neoliberalismo pierde adeptos entre élites empresariales que hoy defienden, por ejemplo, la necesidad urgente de pagar más impuestos. Esta buena jugada se llama Green New Deal.

Empleo el término en inglés no solo por sumarme a la moda de Alexandria Ocasio-Cortez, que también. Sino porque no tiene una fácil traducción. En EEUU el New Deal de Roosvelt recuerda inmediatamente que las clases populares a veces pueden ganar. En España no contamos con muchas victorias populares en nuestra memoria. Y esencialmente Green New Deal significa modernización ecológica de la economía + justicia social (y por tanto, reequilibrar la balanza al servicio de los de abajo).

Si tomamos el rumbo del Green New Deal, España tiene potencial para convertirse en una superpotencia mundial en producción de energía renovable. También en agroecología y en la agroindustria del cáñamo. Lo que sumado al necesario impulso que necesitamos en reforestación son tres sectores que pueden atraer población joven a la España vaciada si estas regiones son reforzadas en sus servicios públicos. Hay un inmenso talento joven sobrecualificado por culpa de un mercado laboral asfixiante, que una correcta reforma empresarial podría utilizar como base para la reindustrialización del país en clave verde y en clave de digitalización con orientación de bien común.

Millones de empleos estables y dignos podrían generarse con una apuesta sostenida en esta línea. A su vez,  nuestras ciudades, salvo el experimento madrileño de urbanización dispersa, siguen siendo ciudades mediterráneas y por tanto compactas. Además, con buenas dotaciones de servicios públicos, a las que solo les falta el personal que los recortes mermaron. Por ello, bien preparadas para ser ciudades de 15 minutos, con buena calidad de vida en entornos próximos.

Pero aquí hay que puntualizar. Existen muchos Green New Deals posibles. El que dibuja Europa, el Green Deal de Ursula Von der Leyen, es un modelo de orientación mucho más neoliberal. Por tanto, más centrado  en cambios técnicos y con un protagonismo central de las oligarquías del capital privado. Esta es una hoja de ruta en la que la transición ecológica, si bien se marca objetivos ambiciosos de descarbonización, lo hace reproduciendo la sociedad enferma de apartheid que el neoliberalismo ha generado.  Quienes defendemos un Green New Deal de orientación ecosocialista y democrática, con vocación de dar a luz a una economía poscrecimiento, apuntamos en otra dirección.

Nuestro Green New Deal, sin menoscabo de que la empresa privada y el mercado puedan jugar un papel, será protagonizado por alianzas público-ciudadanas. Y es inseparable de la vertebración territorial y la justicia social. Hacia dentro pero también hacia fuera de nuestras fronteras: no queremos un Green New Deal en el Norte que se base una barra libre de extractivismo y de militarismo en los países del Sur.

Para eso, la dimensión poscrecimiento es clave. Repartir con justicia el espacio ecológico mundial exige una economía que no sea una estafa piramidal como es el capitalismo. Que no necesite crecer incesantemente para no derrumbarse. Este es un objetivo de medio plazo que exige librar antes una importante lucha cultural. Pero es importante meter en agenda el debate: el crecimiento del PIB ya no es una fórmula que garantice ni felicidad ni prosperidad. Al contrario. Como nos ha demostrado la pandemia y su dilema entre economía y vida, se parece cada vez más a una sacrificio humano a los dioses voraces del dinero y los mercados que nos conduce a la hecatombe, ecológica y social.

Pero como sucedió en 2008, que se imponga un Green New Deal, u otro, o un incluso una enmienda a la totalidad de corte negacionista climática, que en España esta representada por esa sucursal electoral de Trump que es Vox, no está asegurado. Dependerá íntegramente de qué sepamos ganar la pelea política que va a definir la próxima década, que será decisiva.

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